quarta-feira, 28 de abril de 2021

CUENTOS DE OTROS TIEMPOS

LA HISTORIA DE CASCARITA. Tito Rutigliano tomó la palabra:- Era el año treinta y ocho, yo tenía apenas diez años, Julio Rutigliano, mi cuñado, marido de Brígida, mi hermana, era un tipo capaz de realizar las tareas más increíbles que uno pueda imaginar. Sabía construir fuegos artificiales fabricando pólvora al mezclar carbón, azufre y salitre, sabía manejar un proyector de cine, inventaba casas rodantes, hacia planos para proyectos de automóviles, sabia maquillar a alguien para caracterizarlo como pirata o como Frankenstein para el carnaval, hacia títeres con miga de pan y pedazos de morrones y aceitunas, cortaba el pelo, era pintor, dibujante, pintaba los vestidos y los zapatos de Brígida con filetes; en síntesis una especie de hombre orquesta, un verdadero artista amateur, un sujeto creativo e iluminado, sólo que existía un pequeño problema: no era siempre que las cosas le salían bien. En una de sus tardes de ocio creativo se le ocurre a Julio hacer un bote para navegar en el Río de la Plata. Estábamos sentados en el cordón de la vereda yo, Quique Hernaiz, Fito Dominguez, Roberto Perez, Chiqitín Mosquera y Julio apareció desde la nada con los ojos inyectados hablando sólo:- Estoy con una idea que no me sale de la cabeza, quería navegar en el Río de la Plata y para eso pensé en construir una embarcación propia. Una balsa, una balsa! Repetía como tomado por una fuerza sobre humana que lo había iluminado desde el más allá.
Nos miramos atónitos y sin pronunciar una sola palabra le seguimos la corriente para ver qué es lo que se le había ocurrido de esta vez. Julio continuo: - Se va llamar ‘Cascarita” porque va parecer con una cáscara de nuez pero gigante (todos los que asistimos el monólogo seguíamos sin entender). Voy a hacer el diseño de una balsa, después voy a hacer una pequeña maquete para ver como realizo las ideas y por último voy a buscar las maderas y listo, el Río de la Plata será muestro. Después, quien sabe vendrán los mares y los océanos. En algunos días Julio con el lápiz negro en la oreja, un papel lleno de bocetos y la cara de ensimismado se paseaba por el patio de casa como un poseído observando minuciosamente el diseño de una cáscara de nuez. Angulino, padre de Tito, preocupado con los delirios de Julio y con la felicidad de Brígida – su hija- le decía a Julio en su jerga híbrida:- Julio querido, porque no paras un poco con esa historia de “Cascarita”, nos estas volviendo locos a todos. Julio le respondía a Angulino:- Angulino en una semana tengo lista la maquete y comenzamos a armar la primera prueba, es algo realmente importante, usted tendría que apoyarme, darme animo, contagiarse de toda esta euforia que estoy sintiendo. Angulino desconsolado no sabía qué hacer con aquel yerno medio excéntrico y con su hija que lo seguía y lo apoyaba en todos los experimentos en los que él se aventuraba. En una semana andaba Julio con un barquito de madera colocándolo para flotar en un balde con agua y observando detenidamente todos os detalles como un científico mira en el microscopio un estudio de células minúsculas. En algunos días pasaba Julio con trozos de madera del corralón de Alejandro (el abuelo de Luis Sagol) que quedaba en la calle Obligado, andaba con un frasco de cola, con sogas, una lata de barniz especial para embarcaciones, una bolsa con clavos, martillos, pinceles y una alegría que le irradiaba en todo el rostro. Brígida atrás de su amado, como siempre , llevándoles un vaso de limonada helada, una toalla y una mirada de admiración que mostraba todo el orgullo que una mujer puede sentir por su hombre. Angulino se ponía la mano en la cabeza como sabiendo que toda esta historia iba a terminar como todas las otras historias que se propuso su yerno. Julio finalmente construyó una base del bote en el patio de la casa, medía dos metros y medio de largo por un metro de ancho. Colocó lo que sería una madera guía que iría de la proa hasta la popa y que serviría como orientación para el fondo del barquito, dos maderas de cada lado para formar el esqueleto y con ese casco de embarcación y una bolsa con las otras maderas y herramientas decidió llevar todo el material a orillas del río y terminar de construir “Cascarita” en la costa. Nos miró y nos dijo como dirigiéndose a un grupo de marineros que estarían a sus órdenes: -mañana a las siete de la mañana saldremos de aquí de casa para el Río de la Plata, será una jornada histórica. Los que quieran presenciar esta experiencia épica los espero aquí en la puerta para ayudarme a cargar la embarcación y todas las cosas que precisamos para la construcción definitiva de nuestro barco “Cascarita”. Lo ayudamos a cargar las maderas y las herramientas y fuimos con él para ver donde terminaría esa aventura. El viaje desde la calle Lemos hasta la costa de Villa Domínico no era simple, había que atravesar el barrio de Avellaneda, el barrio de Sarandi hasta llegar al parque Domínico, atravesar el parque, la vía, entrar en un camino de tierra y después seguiríamos por pequeñas sendas abiertas rodeadas de juncos de casi dos metros de altura donde no sería difícil depararse con arañas, bichos y hasta serpientes. El peso de la balsa, las bolsas con maderas y las herramientas que eran pesadas nos hacían hacer paradas cada doscientos metros. Llevábamos botellas con agua y algunas provisiones para pasar algunas horas, el camino no nos proporcionó ninguna ventaja para nuestra expedición. No fue nada fácil llegar hasta las orillas del río. Además teníamos que saltar alambrados, entrar en quintas que eran de emigrantes italianos que plantaban viñedos donde normalmente había perros sueltos cuidando la propiedad. A eso de las once de la mañana llegamos al lugar indicado que Julio, era la casilla de un matrimonio italiano paisanos de Angulino, la dueña de casa era una italiana alegre, le decíamos tía Lucia. No había playa, encontramos yuyo alto, algunos árboles y rápidamente el final de la zona terrestre se cortaba en el agua en forma de pequeños acantilados resbaladizos de dos metros de altura. Julio coloco el esqueleto de la balsa en el piso y comenzó a sumarle las maderas cubriendo los espacios de abajo hacia arriba. Colaba todo con un pincel y después que secaba le pasaba el barniz. En una hora la balsa ganaba forma y en dos horas estaba pronta. Julio colocó un cajón de manzanas como asiento tomó los dos remos formados por palos de escoba con unas paletas de ping pong atadas con alambre en las puntas y con la ayuda de todos puso la balsa en el río. Con nosotros había venido Angulino y Brígida. Estábamos todos con una gran expectativa en cuanto que Julio miro al horizonte como quien estuviera hablando con la eternidad. El río estaba relativamente turbulento, había corriente, el color pardo del agua no dejaba ver el fondo. Julio sintió la necesidad de decir unas palabras solemnes: - La Balsa no es apenas una embarcación hecha con troncos de madera que flota en el agua, la Balsa es el símbolo de la libertad, la Balsa revive el mito de la búsqueda. Es sinónimo de la aventura existencial del hombre milenario. Mis amigos, continuo Julio, como refiriéndose a una platea atenta, estamos reviviendo el acontecimiento más importante de la humanidad. Cascarita es el resultado de años de historia renovadas aquí frente a estos dos testigos milenares: el cielo y el agua. Angulino estaba de pie, Brígida miraba todo como extasiada, nosotros, los chiquilines estábamos entre asustados y orgullosos esperando Cascarita entrar en el inquieto río de la Plata. Julio con una osadía irrebatible se subió en la balsa y entró en el agua. Cascarita se mantuvo a flote durante algunos segundos, pero casi que inmediatamente todos comenzamos a percibir que entraba agua por el fondo de la embarcación y que a los pocos la balsa se hundía. Julio cuando vio que nada podía hacer para evitar el naufragio de Cascarita, se mantuvo calmo y con la serenidad de un capitán que tiene que hundirse junto con su embarcación, respiro fondo, espero que el agua cubriese toda la balsa para sólo después salir nadando hacia la orilla. Su rostro serio siendo sumergido en las aguas del Río de la Plata mostraba la integridad y la falta de senso de la situación. Angulino se puso la mano en la cabeza, hizo gestos de resignación y pronunció cuatro palabras: - Brígida vamos a casa. El fracaso del primer intento no desanimo a Julio, al contrario entendió que la vida le había enseñado a que esto sería apenas una prueba y que su nueva obra se llamaría Cascarita II. En sus delirios Julio especulaba que en el depósito del padre de Sagol conseguiría las nuevas maderas y que el ingeniero Lagarza lo podría ayudar con detalles técnicos. Después de esa aventura el término Cascarita I y Cascarita II quedó en nuestra memoria como sinónimo de una tentativa inicial fracasada y de otra oportunidad aguardada. Por ejemplo un muchacho iba a un encuentro amoroso y volvía triste, los otros muchachos le preguntaban: - Seguramente fue Cascarita I, será que tendremos Cascarita II?

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